ARQUINE No.57 OTOÑO 2011.

El museo de finales del siglo XX se convirtió en templo, como sustituto laico y democrático del templo clásico. Hoy, su función ha sufrido transformaciones, alejándose del lugar sacro para competir con otros lugares de entretenimiento de masas. El museo del siglo XXI es algo más parecido a un centro cultural, con servicios de cafetería, lounge, biblioteca, librería y tienda de diseño, deslindados de la propia programación. La competencia con otros medios reclama una hiperactividad insólita en los contenedores de obras, donde ahora la novedad prima sobre la colección permanente contemplada en silencio. Algunos museos recientes apuestan por la iconicidad ligada al efecto Guggenheim (a menu- do sin varita mágica, ni colección, ni presupuesto), monumentalizando ciudades, mientras que otros se inspiran en el ágora como detonador social que sustituye la plaza pública. Quizá los más exitosos sean los temáticos e interactivos, generadores de macroeventos culturales, y los detonadores de actividades con series de conferencias y fiestas, exacerbando sus límites con instalaciones y performances, e importando experiencias espaciales-vivenciales de otros contextos. En México se siguen construyendo museos —MUAC, El Chopo, Soumaya, Memoria y Tolerancia— a pesar de contar con una abrumadora cantidad de museos activos, con recursos exiguos y espacios patrimoniales potencialmente reciclables para estos fines. Se trata de espacios más autorreferenciales que reactivos. Hoy el monumento de autor o el templo elitista dan paso al museo contenedor de cultura de consumo, social y masiva. Se privilegia la relación con el público y lo público. Así, el museo deja de ser estático para convertirse en un centro en mutación permanente, un observatorio del mundo en que vivimos, para acabar siendo —como apunta Cuauhtémoc Medina en una entrevista que publicamos— un pasillo al lado del infierno.

Autor: VARIOS

Precio: $19,000